“Reflexiones sobre la profecía auto cumplida y los pies de concreto” por Sandra Escalera

No sé a ustedes, pero alguna vez me sucedió que me preocupaba tanto por no tener una mala nota en un examen que era incapaz de concentrarme y lo único que pasaba es que me iba mal en el examen. Esa es la profecía auto cumplida, la que resulta de tomar en consideración todas las cosas que pueden salir mal a la hora de tomar una decisión para que al final todo salga mal. Últimamente he estado pensando mucho al respecto.

Resulta que, mientras perdía mi tiempo en internet, me he topado con un artículo sobre el por qué las estadísticas de la brecha salarial entre hombres y mujeres no son realistas. Decidí que era una buena idea compartirlo con algunas amigas y aquello terminó en una larga discusión sobre si dicha diferencia salarial es mito o realidad. Casualmente, yo dediqué mi tesis de maestría a estudiar el tema para el mercado laboral mexicano y eso me llevó a seguir reflexionando sobre el tema desde varios ángulos. Es una discusión difícil de zanjar pero por eso estoy aquí divagando en estas líneas, para compartir con ustedes mis no muy humildes conclusiones.

La primera cuestión es: ¿existe realmente una diferencia en los salarios entre hombres y mujeres? Bueno, la respuesta es sí… y también no. Si consideramos el salario promedio, vamos a encontrar un diferencial que, para el caso mexicano, según la Organización Internacional del Trabajo, es de alrededor de 20%. Pero esto es en promedio, y en promedio también podemos decir que una ciudad con la mitad del año a 0 grados y la otra mitad a 40 grados centígrados tiene clima templado. Como siempre, el diablo está en los detalles. Si nos concentramos en los puestos de trabajo para profesionistas, es difícil que encontremos que se le paga distinto a un hombre y a una mujer en el mismo puesto con las mismas funciones y horario de trabajo. En México tenemos una muy linda y moderna Ley Federal del Trabajo que lo garantiza y, generalmente, se aplica en ese sentido. Entonces, ¿por qué las mujeres ganan menos que los hombres? Visto en términos generales, es un gran misterio. Las mujeres tienen mayor grado de escolaridad promedio que los hombres, hay más mujeres que estudian un posgrado, así que cualquier economista nos diría que deberían ganar más por su inversión en capital humano.

Se preguntarán, ¿existe o no existe? Pues bien, desde mi punto de vista sí existe, pero en promedio. La causa es tan profunda y compleja que difícilmente puede ser abordaba por la simple creación de leyes no discriminatorias. Las dos principales razones, desde mi punto de vista, están ligadas a la segregación y a lo que se ha dado a llamar el techo de cristal.

Segregación

Una manera de enfocar el enigma es buscando dónde están esas mujeres profesionistas, sobre todo esas mujeres privilegiadas, de clase media y alta, con oportunidades educativas, “empoderadas”.  Pues bien, la mayor parte de las mujeres universitarias en México (63%) deciden estudiar en áreas tradicionalmente femeninas (artes, humanidades, educación, ciencias sociales). Esta decisión se realiza libremente, sin ninguna barrera institucional o legal que restrinja el acceso de las mujeres a otras profesiones. En mi opinión, es también una decisión racional que se lleva a cabo con la información que estas mujeres han ido recibiendo desde niñas sobre sus expectativas de futuro. Las jóvenes piensan que no vale la pena entrar en una carrera de ingeniería u otro sector tradicionalmente masculino porque ahí van a tener que invertir más tiempo y esfuerzo para destacar, tienen expectativas además de ser discriminadas en el mercado laboral (“eso es cosa de hombres”). Ante tal expectativa es mejor concentrarse en algo que se espera que hagan bien como el arte (“tan lindos dibujitos que haces”), la enseñanza (“se te dan los niños”), etc. Aquí es donde podemos encontrar una de las raíces del problema: en la socialización de roles de género que crea estas expectativas equivocadas en las niñas; para qué batallar tanto, si al cabo te vas a casar. Además, las mujeres tienden a considerar en su decisión que la carrera elegida sea compatible con ser madre (trabajar desde casa, horarios flexibles, etc), mientras que para los hombres es una cuestión más ligada a la expectativa salarial. Cuando yo estudiaba la maestría, y estaba escribiendo mi flamante tesis feminista, la madre de una amiga me dijo “No sé para qué te complicas tanto la cabeza, si al final vas a terminar cambiando pañales, como hacemos todas”. Lo decía muy en serio.

No me malinterpreten, las mujeres no son tontas,  toman una decisión racional al elegir su carrera considerando toda la información que les ha sido dada. El problema es que al graduarse se enfrentan con una sobre oferta de profesionistas en su área. Esto, a su vez, lleva a un efecto de crowding en el mercado de trabajo causando una baja de salarios; la bendita ley de la oferta y la demanda. Por tanto, las mujeres creen que al graduarse van a ganar menos, por lo que prefieren carreras menos “complicadas”, finalmente, está decisión ocasiona que el salario baje y, efectivamente, ganen menos: la profecía auto cumplida.

Y así nos encontramos con la brecha salarial promedio. Por ejemplo, en el sector salud una mujer profesionista gana menos que un hombre, pero ella es enfermera y él es médico. Y si seguimos vamos a encontrar que un doctor en medicina gana más que una doctora en medicina pero la razón es que ella es médico general y él es neurocirujano. En esta lógica es donde podemos encontrar la segunda de las causas del problema.

El “techo de cristal”

Supongo que alguna vez habrán escuchado sobre este concepto.  Esas barreras invisibles, estructurales pero no legales que no permiten que las mujeres avancen a altos puestos en las organizaciones. Pues bien, no cabe duda que el llamado techo de cristal existe y lleva a que exista la diferencia salarial. No es que las doctoras en medicina decidan libremente no especializarse mientras que los hombres, tan inteligentes y sagaces, deciden continuar y ser cirujanos super especializados. No, eso no es lo que sucede. Lo que pasa es que ellos no tienen que decidir entre casarse o estudiar la especialidad, entre tener hijos o dedicarse a su carrera. Es que, en palabras simples, ellos tienen quién les cocine y les lave la ropa. Y esto se repite en las empresas. Las mujeres tienen que luchar contra el sentimiento de culpabilidad de dejar al hijo enfermo en casa para ir a trabajar, mientras que la mayoría de los hombres pueden irse con la tranquilidad de dejar al niño con su esposa.

No es ningún secreto que las estructuras laborales no están diseñadas para que las mujeres puedan combinar una carrera profesional y su vida personal. ¿Hasta qué punto podemos considerar que el problema sea una discriminación salarial? Muy raramente vamos a encontrar casos dentro del mundo corporativo donde se ofrezca un salario diferenciado según si eres hombre o mujer. Sin embargo, cuando el puesto directivo con grandes responsabilidades es ofrecido, es mucho más probable que un hombre pueda cumplir con el perfil requerido en términos de disponibilidad de horario y “compromiso con la empresa” que una mujer. Aquí es donde se generan las diferencias salariales promedio, con las mujeres con mayor o igual preparación, pero en puestos de nivel jerárquico más bajo debido a razones que se derivan directamente de los roles de género socialmente construidos.

En lo personal, el término techo de cristal me parece poco preciso para definir la situación. Un cristal es invisible, pero también frágil, puede romperse con poco esfuerzo. En mi mente, la situación se parece más a tener los pies atrapados en concreto. En el concreto que se mezcla desde que empezamos el proceso de socialización de las niñas y que se va endureciendo al ir tomando decisiones que son moldeadas por roles de género dados. El concreto es lo que evita que las mujeres suban más, es mucho más difícil de romper que el cristal porque se ha ido endureciendo durante mucho tiempo.

Sólo por poner un ejemplo: de acuerdo con la Encuesta Nacional del Uso del Tiempo, las mujeres mexicanas dedican, en promedio, 28.8 horas a la semana al trabajo de cuidado no remunerado en el hogar. Los hombres dedican alrededor de 12 horas. Incluso suponiendo que las mujeres profesionistas tienen la facilidad de contratar a alguien para realizar el trabajo doméstico, las normas sociales hacen que la responsabilidad de buscar la ayuda y la atención a las actividades ligadas a la crianza (festivales escolares, cuidado de niños enfermos, compromisos sociales) recaigan en las madres. Así que, incluso las mujeres más privilegiadas tienen que decidir entre una carrera profesional exitosa o ser consideradas “malas madres”, con toda la carga psicológica que eso implica.

No dejen de leer, hay esperanza

Como dije anteriormente, la brecha salarial evidentemente existe, pero la solución no es tan simple como ir demandando a todos los empleadores discriminadores o crear leyes de salario igualitario. De acuerdo con mi reflexión, la solución tiene que seguir un proceso largo, pero no imposible.

Por un lado, tenemos que atacar las raíces culturales y sociales del problema. En cierta medida, el proceso de desconstrucción de roles de género ya está comenzando y cada día más jóvenes desafían los estereotipos y buscan una mayor igualdad. Sin embargo, aún falta mucho por hacer para que las niñas comiencen a aspirar a ser líderes en carreras no convencionales. Para lograr una elección de carrera libre de prejuicios y más enfocada en los verdaderos talentos va a ser necesario un proceso educativo tanto en las escuelas como en el hogar. Ampliar la gama de oportunidades para nuestras niñas es muy importante para promover la igualdad laboral futura. Destruir los micro machismos de cada día que sutilmente dan señales equivocadas a nuestras niñas y que tienen un efecto para nada “micro”.  Quién no ha escuchado a una señora decir que su esposo le hace el favor de cuidarle a su hijo, como si el hijo no fuera también de él y la obligación sólo fuera de ella. Esos “detallitos” van creando esa culpa que luego sienten las profesionistas cuando necesitan pedir ayuda con sus propios hijos. Ejemplos con estos hay muchos, sin embargo, esta es una solución a largo plazo donde toda la sociedad tiene que participar.

¿Y qué sucede con las que ya estamos con nuestros tacones de concreto bien puestos? Pues bien, es hora de buscar un buen mazo y tratar de destruir esas barreras que no se ven pero sí se sienten.  Por un lado, es necesaria la búsqueda de leyes más justas en ámbitos más allá del salarial. Por ejemplo, con la promoción de un permiso de paternidad que ayude a que los hombres compartan la responsabilidad de los hijos. Promover redes de ayuda entre mujeres que lleven a cambios en el ámbito de la empresa privada, más allá de las simples obligaciones de ley, como por ejemplo, guarderías flexibles en el lugar de trabajo.

En mi opinión, necesitamos ser las mujeres en solidaridad quienes comencemos a romper las barreras. Es difícil lograr el nivel de empatía necesario desde una estructura jerárquica compuesta solamente de hombres en la cumbre. Para ellos puede resultar más complicado comprender y sentir los obstáculos estructurales que no permiten a las empleadas aceptar esos puestos directivos que se les ofrecen. Necesitamos más mujeres en lo más alto  para que ayuden a las demás a recorrer el camino con base en una experiencia compartida. Es difícil tenerlo todo si no contamos con nadie.

Es por eso que los esfuerzos de mentoría como el realizado por Womerang me parecen de vital importancia. Las barreras que enfrentan las mujeres profesionistas en México son complejas y no siempre evidentes. Las mujeres que llegan, las que lo “tienen todo” son las que fueron capaces de vencer los miedos y estereotipos, son las que contaron con redes formales o informales de apoyo para criar a sus hijos, para mantener un balance profesional y familiar. El compartir experiencias entre generaciones puede ayudar a encontrar nuevas soluciones, nuevas redes y, en última instancia, un cambio en la lógica del sistema que permita que la profecía cambie y el concreto sólo sirva para construir una sociedad más igualitaria.

 

Sandra es economista-politóloga de profesión y madre por diversión (y masoquismo). Sus intereses son el análisis de políticas públicas ligadas a cuestiones morales, el feminismo y Star Wars.

 

Ocho tips para *no* encontrar un mentor

Por Norma Cerros

“Nunca digas la palabra mentoría”, este consejo vino quizás un poco tarde para mí y me tocó aprenderlo a la mala. Corría el año de 2013 y yo estaba trabajando en la Comisión Federal de Comercio en los Estados Unidos, tratando de forjarme un camino dentro del ámbito de la competencia económica internacional. Así que me acerqué a una gran abogada, figura clave en este contexto, que trabajaba en la División Antitrust del Departamento de Justicia. Sin más, luego de intercambiar algunos comentarios introductorios, le expuse mi plan de adentrarme en el mundo de la competencia en los Estados Unidos y le pregunté si estaría interesada en ser mi mentora en dicha tarea. Sobra decir que a mi pregunta siguió un silencio incómodo, así como las ganas de correr a esconderme debajo de una piedra, luego de comprender mi craso error. Esta persona apenas me conocía y, ciertamente, una proposición de ese tipo fue demasiado demandante y algo fuera de contexto.

Mi terapeuta dice que la mejor manera de saber cómo se hacen las cosas es haciéndolas. A final de cuentas, las respuestas que podemos obtener, según ella, son “sí” y “sí, pero no ahora”. En cada caso, la respuesta dependerá de lo que la otra persona desee y no de lo que tú o yo podamos hacer al respecto. Yo, por lo general, soy de las que le da muchas vueltas al asunto; me documento, investigo, pregunto pareceres a las personas que respeto y, después de otras muchas vueltas, finalmente me animo a dar el paso.

Mientras que esta es una forma de hacer las cosas, es realmente la forma más cómoda. Es, como dice Kelly Clarkson en una de sus canciones, “nunca alejarse demasiado de la acera” (never stray too far from the sidewalk), ir a la segura, alejándonos con ello de nuestras ideas más audaces y perdiendo con ello la oportunidad de actuar con rapidez y el aprendizaje que viene de intentarlo una y otra vez, tantas veces como sea necesario.

En este momento de la vida estoy debatiéndome entre lo que me dicta mi formación académica y profesional, y lo que siento que es una experiencia mucho más rica y certera, pero mucho más arriesgada, en tanto que me expone a la vulnerabilidad. Pero, ¿acaso no es cierto lo que nos ha dicho Brené Brown, que sin vulnerabilidad no hay conexión?

En cualquier caso, creo que la alternativa más conveniente es la de aprovechar lo mejor que nos ofrecen ambas opciones: tomar ventaja del contexto informativo al que tengamos acceso; solicitar consejo, guía, mentoría; romper el paradigma de que no se experimenta en cabeza ajena; así como atrevernos a ser audaces de vez en cuando, atrevernos a dar un paso adelante ante la duda y el miedo, a intentarlo sin más.

Este artículo ofrece algunas perlas de sabiduría sobre lo que no debemos hacer cuando estamos tratando de seducir a un mentor. Por ejemplo, señala, acertadamente, que la mayoría de las relaciones de mentoría efectivas se dan de manera natural, sin que la pregunta “¿quieres ser mi mentor?” haya sido jamás mencionada.

Aquí te los compartimos:

  1. Se trata de la persona, no de su puesto. No te limites a buscar mentores que sean directivos o que tengan miles de años de experiencia. Por supuesto que esto es importante, pero mucho más importante es conectar con la historia de tu mentor en potencia. Antes bien, enfócate en aquellas personas cuyas características o retos alcanzados te inspiren empatía, alguien que haya pasado por aquello que te has propuesto alcanzar.
  1. No siempre esperes una relación, los mentores vienen en formas diferentes. Mientras que habrá mentores con los que podrás construir una relación a través de los años y recurrir a ellos cada vez que lo necesites, también existen los micro-mentores. Se trata de aquellas personas a quienes recurres con una duda o problema específico: cómo sacar adelante un proyecto, cómo irrumpir en un área profesional que te es desconocida o cómo negociar un aumento de salario. Ambas formas de mentoría pueden ser igualmente ricas y satisfactorias.
  1. En lugar de insistir en que vayan por café o a cenar, sé flexible. Dependiendo de la etapa en que se encuentre tu mentor en potencia, será necesario que te adaptes a su disponibilidad y agenda. Por ejemplo, para una mamá que trabaja, tal vez sea mucho más fácil hablar por Skype a las 8:00 pm, mientras que un hombre soltero podría estar más disponible en la hora de comida.
  1. Además de buscar mentores, aprovecha la oportunidad y construye vínculos de confianza con tus pares. Nunca sabes si el día de mañana será ese compañero quien te invite a formar su nueva empresa.
  1. Los mentores, generalmente, te encuentran a ti (a menos que seas una Womerang). No es que caigan del cielo diciendo “yo soy tu mentor”, sino que te encuentran luego de que has hecho un buen trabajo en la construcción de tu historia de éxito.
  1. No siempre busques a alguien que sea como tú, atrévete a ir detrás de modelos de roles, personas que te inspiren y de quienes puedas aprender a través de su experiencia.
  1. No le pidas a un CEO una ruta establecida, antes bien pregúntale cómo navegar. Y sobre todo, mantente abierto a los cuestionamientos que te haga y valora la retroalimentación que te ofrezca.
  1. Recuerda que el recibir mentoría conlleva la enorme responsabilidad de devolver esa gran guía a favor de quien lo pueda llegar a necesitar. Comprométete a dar mentoría a tus pares y/o subordinados.
  1. Finalmente, la mentoría no es un salvavidas, siempre debes buscar la manera de retribuir a tu mentor lo que está haciendo por ti. Empieza con lo básico, no puedes llegar con tu mentor esperando que sea tu salvación o que resuelva todos tus problemas. Es tu papel arrastrar el lápiz, hacer la talacha de definir qué es lo que necesitas, aquello en lo que te puede ayudar tu mentor, así como facilitar el proceso de mentoría, adaptarte a su agenda y ofrecer pagar el café o la comida. Agradece, en la forma en que te sea posible, el gran regalo que tu mentor te ha dado a través de su mentoría.

Norma Cerros es Co-fundadora de Womerang.

 

*Esta entrada es una versión traducida y ampliada del artículo “8 Successful People Share How *Not* to Find a Mentor” por Amy Alisa Jackson, publicado el 7 de octubre de 2015 en Levo.com. Disponible aquí.

“My Trip to Geneva: An Encounter With Myself” by Olivia González

Being a part of the first generation of Womerang’s Mentoring Program has been an honor from the very start. Its mentorship network and workshops have opened and expanded my vision about what is within my professional reach. The priceless life lessons I’ve had here have led me to know myself better and give myself that needed push to become the woman I want to be.

The most recent event in my trajectory at Womerang happened a couple of weeks ago when I had the incredible opportunity to visit my mentor Melanie Damani in Geneva, Switzerland.  Knowing that this trip was actually happening was exciting in itself, but also because of all of the doors that were being opened thanks to the extensive level of networking that Womerang provided me. Geneva, being one of the most important cities in the world in the international department, due to the presence of NGOs, the UN and international companies and banks, was the perfect place for me to have a better idea of how my future would look like working in one of these entities.

The first impression I had of this trip was the incredible person Womerang had matched me with. My mentor, even with a different nationality from mine, and taking into account the fact that we had only talked via email, turned out to be the most perfect person they could find to fit the role of my mentor. She gave professional, and also personal advice, as well as guidance. Her hospitality, kindness, and genuine interest made me thank and value once again the importance of women having each other’s backs. Melanie did not only open her house’s, network’s and job’s doors for me, she also opened the doors to curiosity and purpose towards taking my next personal and professional decisions. The conversations we had made me reflect about what it is that I really want for my future. They helped me understand that no decision is incorrect, and thus, the important thing is to do whatever makes us truly happy. Her faith in me made me have even more faith in my abilities. Getting to know and learn what she has accomplished made me realize my aspirations can be as high as I set them.

During my trip to Geneva I was able to meet people that work and are involved in the hiring process of the areas I have professional interest in. My first stop was at the World Trade Organization (WTO), meeting up with Graham Cook, who is in charge of the Internship Program in WTO’s Legal Affairs department. The input he gave me as he answered my questions was punctual and detailed, giving me invaluable advice about the application process and the work in Legal Affairs as part of the team. Afterwards, I was able to meet with Jorge Castro, head of Legal Affairs. His genuine interest for Womerang and the young talent for the WTO shined through his generous advice and comments during our meeting. My experience at the WTO turned out to be an enriching one, by the end of my stay I had a clearer vision of what working there would be like.

My next meeting was with Andrew Crosby, Managing Director of the International Centre for Trading and Sustainable Development (ICTSD). Our meeting made me have a better idea of ICTSD’s function and presence both nationally and internationally. It also made me better understand how Swiss organisms work, and the implications of living in Switzerland. His valuable input made me reflect upon internships in NGOs, as well as the trajectory and future they offer. Ultimately, the most important lesson that I learned was that you need to have real passion and devotion in order to work for missions such as the ICTSD’s.

Finally, I met with Yara Fosado, a very talented economist that has been working for Mexico’s Permanent Mission in Geneva for the last eight years. We discussed the Mission and the great work and internship opportunities it offers. And we also talked about the obstacles women have to face in this kind of environment, as well as in that country. My conversation with her ended up being immeasurably valuable.  She provided me with many tools and advice to consider while building my way up, while giving me a new perspective to analyze. She provided the encouragement and inspiration needed to conclude that women always need to maintain their individuality and personal aspirations.   

My trip to Geneva ended with a dinner with my mentor and her sister. Even though she has a totally different career and professional trajectory, the story of how she innovated the hospital system and the obstacles she had to go through in order to do so, proved to be a universal source of inspiration for what real purpose can truly accomplish. From her story I learned the importance of loving what you do. Deep knowledge of how your industry works can help you make a true difference, since you actually know what needs to be improved.

During my trip in Geneva, I was able to discover the city, its entities, and its people, but even more so, I was able to get to know myself better. The lessons and analyses from these five days have had resonance until now, and I’m pretty sure they will keep doing so for a long time. I’m eternally grateful to Womerang as for each and every person that made this experience possible, and I am really excited for what is to come. My future is not certain, but what truly is certain is that it will be an incredible ride, full of challenges and achievements, but most of all, it will be whatever I want it to be.

 

Olivia Gonzalez is a Master’s Student of the LLM in International Commercial and Business Law at the University of Essex

 

*Esta es una versión en inglés del artículo “Mi viaje a Ginebra: un reencuentro conmigo misma” publicado el 15 de febrero de 2016.

“Mi viaje a Ginebra: un reencuentro conmigo misma” por Olivia González

Formar parte de la primera generación del Programa de Mentoría Womerang ha sido un honor desde el inicio. La red de mentoría y sus talleres han expandido mi visión acerca de lo que puede estar a mi alcance en mi futuro profesional. Asimismo, me han dado lecciones de vida que me han permitido conocerme más a fondo y darme el impulso necesario para formarme como la mujer que deseo ser.

El más reciente evento en mi trayectoria Womerang sucedió hace unas semanas cuando tuve la oportunidad de visitar a mi mentora Melanie Damani en Ginebra, Suiza. Saber que este viaje se estaba concretando era emocionante por sí solo, pero lo era aún más debido a todas las puertas que se estaban abriendo gracias al networking que Womerang me proporcionó. Ginebra, una de las ciudades más importantes mundialmente en su ámbito internacional, tanto por la presencia de ONGs y la ONU, como por empresas y bancos internacionales, era el lugar perfecto para tener una mejor idea de cómo puede ser mi futuro trabajando para una de esas entidades.

La primera impresión que tuve de mi viaje fue la increíble calidad de persona con la que me encontré. Mi mentora, a pesar de tener una nacionalidad diferente a la mía y considerando que solo nos habíamos contactado por medio de correo electrónico, resultó ser la persona más perfecta que pudieron encontrar para darme consejos profesionales, inclusive personales. Su hospitalidad, bondad e interés genuino, me hicieron agradecer y valorar una vez más lo importante que es que las mujeres nos apoyemos las unas a las otras. Melanie me abrió las puertas de su casa y de sus contactos, incluso de su trabajo; además de abrirme las puertas de la curiosidad y el propósito al tomar mis siguientes decisiones. Las conversaciones que tuvimos me hicieron reflexionar acerca de qué es lo que en verdad quiero en un futuro, y más que eso, entender que ninguna elección es incorrecta y, por lo tanto, lo importante es hacer lo que nos hace felices. Su fe en mí me hizo tener más fe en mí misma y mis capacidades; tener un vistazo de lo que ella ha logrado me confirmó el hecho de que mis aspiraciones pueden ser tan altas como yo quiera.

Durante mi viaje en Ginebra también pude aprovechar para reunirme con personas que reclutan y trabajan en áreas en las que tengo interés. Mi primera parada fue en la Organización Mundial del Comercio (OMC), reuniéndome con Graham Cook, encargado del programa de practicantes de Asuntos Legales en la OMC. Sus aportaciones fueron puntuales y detalladas, dándome consejos invaluables acerca de las aplicaciones y del trabajo en sí como parte del equipo. Posteriormente, pude reunirme con el Consejero Jurídico, Jorge Castro. Su genuino interés por Womerang y por el futuro joven de la OMC brilló a través de sus generosos consejos y comentario. Mi experiencia en la OMC resultó ser sumamente enriquecedora, al final tuve una visualización más clara de lo que sería trabajar ahí.

Mi siguiente reunión fue con Andrew Crosby, director general del International Centre for Trade and Sustainable Development (ICTSD). Mi reunión con él me dio una mejor idea del funcionamiento de esta entidad a nivel nacional e internacional, cómo funcionan los organismos suizos y cómo es la vida en ese país. Sus aportaciones me hicieron reflexionar acerca de las pasantías en organismos internacionales, así como de la trayectoria y futuro que ofrecen. Al final, me quedó como lección primordial la gran pasión y entrega que se tiene al trabajar por causas como la de ICTSD.

Finalmente, me reuní con Yara Fosado, quien trabaja desde hace 8 años en la Misión Permanente de México en Ginebra. Mi conversación con ella llegó a ser muy valiosa debido al rango de temas que cubrimos. No solo hablamos de la Misión y sus oportunidades de pasantías y trabajos, también hablamos de los retos que las mujeres tenemos que enfrentar en un ambiente laboral como ese, así como en Suiza. Me dio herramientas y consejos para forjar un camino hacia mi futuro, así como una perspectiva nueva para analizar, y aliento acerca de cómo, a fin de cuentas, las mujeres siempre debemos buscar conservar nuestra identidad y nuestras aspiraciones personales.

Mi viaje en Ginebra terminó con una cena con mi mentora y su hermana. A pesar de que ella tiene una carrera y trayectoria totalmente distinta, su historia personal de cómo innovó el sistema hospitalario y los obstáculos que tuvo que superar probó ser una fuente de inspiración universal de lo que el verdadero propósito puede lograr. De ella aprendí lo importante que es amar lo que haces y en verdad conocer tu área para en un futuro poder aportar en ella lo que sea necesario.

Durante mis días en Ginebra tuve la oportunidad de conocer la ciudad, sus entidades y su gente, pero creo que lo más llegué a conocer fue a mí misma. Las valiosas lecciones y reflexiones que causaron esos cinco días tienen resonancia hasta ahora, y estoy segura que lo seguirán teniendo por un largo tiempo. Estoy enteramente agradecida con Womerang y con cada una de las personas que hicieron posible esta experiencia y emocionada por lo que viene. Mi futuro todavía no es certero, pero lo que sí es certero es que será una trayectoria increíble, llena de retos y logros, pero sobre todo, enteramente lo que yo decida.

 

Olivia González es estudiante de la Maestría en Derecho Internacional Comercial y Empresarial en la Universidad de Essex