Para las “malas madres”, en su día.

Por Sandra Escalera.

Sandra con Bruno y Rebeca

Para el día de las madres tuve la brillante idea de escribir sobre lo que es ser madre hoy en día, sobre todo, desde una perspectiva de las madres que trabajan y sobre lo difícil que es conciliar las responsabilidades familiares y laborales (y sociales, y lo que gusten agregar). Creí, ingenuamente, que sería un tema lindo para una reflexión de 10 de mayo. Obviamente, que no lo es. Mientras más me pongo a pensar sobre el tema, más complicado me parece y es que cuando una persona se pone a analizar de forma consciente los problemas que tiene delante es cuando comienza a ver cosas que tal vez no quería ver.

Pareciera que actualmente la maternidad se ha convertido en una tarea más fácil de lo que solía ser hace un par de generaciones, ya no tenemos que lavar a mano para toda la familia, tenemos pañales desechables, microondas y todo tipo de lindos aditamentos como monitores para bebé, termómetros electrónicos, y un largo etcétera. Sin embargo, las cosas no son nunca tan simples como parecen porque existe esa linda maldición llamada presión social. Y quiero ser clara, la presión social existe para todo el mundo pero hay que admitirlo, para las mujeres es peor, y para las madres se eleva exponencialmente. Primero sufres a todas las tías y parentela que en cuanto tienes pareja estable y/o tienes más de cierta edad comienzan a verte cara de incubadora y a preguntar con distintos grados de amabilidad cuándo piensas tener hijos. Finalmente cuando decides, por la razón que sea, quedar embarazada comienza la nueva ola de comentarios bien intencionados. Que si debes tener el parto en el agua, que si epidural sí, que si es mejor natural que por cesárea, que si tienes que amamantar por tantos meses, que si dejarlo llorar o no, y un infinito listado de cosas por las que deberías sentirte culpable por hacerlas o por dejarlas de hacer hasta llegar un punto en que la culpabilidad se hace parte de tu vida. Después continuamos con los juicios de valor sobre si es bueno que te quedes en tu casa, que si es mejor que trabajes, que si para cuándo el otro, que por qué tienes tantos hijos y agregue lo que guste.

Y aquí llegamos al punto central de todo. La culpabilidad, ese bello sentimiento que todas sentimos un día sí y el otro también. No quiero decir con esto que las mujeres se la pasemos todo el día con un cilicio arrepintiéndonos de cada paso que damos, pero no se puede negar que desde chiquitas se nos van desarrollando esa vocecita que nos crítica de vez en cuando. Comienza por pequeñas cosas cuando somos niñas con comentarios como “cierra las piernas que se te van a ver los calzones”, “no te trepes ahí que ni pareces señorita” y así. Pero cuando llega la maternidad, el asunto se torna delicado y en ocasiones se llega al estado de culpabilidad permanente. A todas nos ha pasado que miramos a otro lado por un segundo y nuestro tierno engendro ya se cayó de arriba de la mesa y trae un chipote que parece unicornio y lo primero que pensamos es en lo mala madre que somos (vamos, ninguna podrá olvidar nunca la vez que se les cayó el bebé de la cama). Y si las madres deciden trabajar de manera remunerada fuera del hogar, el asunto llega a niveles peligrosos para la salud.

Esto es un asunto serio si consideramos que la salud física y mental de las mamás es esencial para que los hijos crezcan como ciudadanos mínimamente funcionales para la sociedad y en muchos casos, para que básicamente sobrevivan. En México más de una cuarta parte de los hogares (26.4% en 2014) tienen a una mujer como el principal ingreso del hogar. Alargando mi argumento, esto significa más de 8 millones de mujeres con el estrés al máximo tratando de lidiar con la culpa y con la responsabilidad de dar sustento a la familia. Siendo honestas, sin importar cuánto apoyo tengamos de nuestras parejas, familias y similares, todas las que hemos trabajado hemos sentido esa terrible punzada en el corazón cuando el bebé llora porque te vas, cuando faltas a la reunión de madres de familia (que luego hacen a las 10 de la mañana), cuando te cuentan que ese día caminó por primera vez y tú no estabas. Obvio que de inmediato lo racionalizamos, “lo hago por ellos”, “se necesita” (agregue aquí su placebo favorito) pero no es fácil. La mamá que les diga que jamás ha sentido esto, no confíen en ella, está mintiendo. Yo recuerdo que en mi primer empleo aún soltera, mi compañera de oficina siempre estaba hablando sobre lo mucho que le gustaría estar en su casa, sobre cómo le encantaba su trabajo pero no lo necesitaba así que se sentía culpable de no quedarse en su casa a cuidar a su hijo. En ese entonces no lo comprendía, pero no tarde mucho en que también me alcanzará el síndrome de la “mala madre”.

El síndrome de la “mala madre” se adquiere de manera inmediata al tener hijos pero se agrava hoy en día a pesar de todas las supuestas ventajas que antes mencioné. Las redes sociales han empeorado mucho el tratamiento y han vuelto el síndrome contagioso y crónico. Una se pasa el día en la chamba para regresar a casa a hacer milagros con las horas de luz solar que quedan. Hacer de cenar, preparar lonches para el día siguiente, checar que todo el mundo tenga ropa limpia (o que mínimo no tenga manchas visibles ni huela a cloaca) y trata de tener buena cara. Una vez con todos dormidos una se comienza a sentir bien por ser tan súper mujer maravilla y haber terminado sus pendientes y encima llevar la casa (porque por más ayuda que una tenga, todas sabemos que ese trabajo nunca se acaba). Entonces una tranquilamente decide que se va a meter a facebook a “relajarse” y saludar porque no le queda mucho tiempo para la vida social. Y entonces descubre que en realidad todo su esfuerzo no sirve para absolutamente nada. La comida que hizo no es lo suficientemente sana (tu tía público un artículo sobre cómo esa pasta congelada da cáncer y ese pollo tiene hormonas mutantes asesinas), que tu ropa ya está fuera moda (salieron las fotos de las tendencias del verano para “tu edad”) y que eso de que dejaste a tus hijos jugar con la tablet mientras hacías la cena seguramente los convertirá en unos perdedores con IQ deteriorado por tu falta de tiempo para jugar con ellos. Eso sin hablar de todas las lindas cosas que otras amigas hicieron con sus propias manitas y con mucho amor (piñatitas, pasteles decorados y disfraces caseros).

Si seguimos con el tema de las mamás que son empleadas fuera del hogar, la tortura se extiende hacia el otro lado. Estas en la oficina (fábrica o donde sea que te toque ganarte el sueldo), llega la hora en que tienes que salir para ir a recoger a los niños y te das cuenta que aún te falta de terminar ese reporte indispensable que era para ayer y que tu jefe se tiene que llevar a su cita de negocios en China mañana a las 5 am. Y así llega el pánico y obvio, la siempre disponible culpa. No importa si tu compañero soltero te dice con tono condescendiente que te vayas y que él lo termina mientras te mira con ojos lastimosos, vas a ir todo el camino lamentando el no haberte quedado a trabajar más tiempo y haber quedado mal en tu oficina. Eso sin considerar que durante el día tienes que ser productiva al mismo tiempo que deber administrar mil y un cosas al mismo tiempo además de tus obligaciones laborales como si ya está pedido el pastel para la piñata de tu hijo, si el disfraz del festival ya está terminado, si ya confirmaste que vas a ir al bautizo de tu sobrina, si compraste el material para el proyecto de ciencias de tu hija y aquí inserte de nuevo lo que considere conveniente. Y para no deprimir a nadie no tocaré la culpabilidad de ir a trabajar cuando los hijos están enfermos.

En fin, mi conclusión es, la idea de que ser madre hoy en día es más fácil es una falacia. Venimos cargando una culpa intergeneracional que se ha ido agravando con la insistencia de que es esencial preocuparnos por cosas que nuestras madres y abuelas no se preocupaban. Para nuestros progenitores éramos mano de obra barata, cuidábamos a nuestros hermanos y al perro, ayudábamos en la casa y cuando se querían deshacer de nosotros nos aventaban a jugar a la calle. Si nadie se rompía algo se consideraba un buen día. En cambio ahora, ser madre de tiempo completo se llenó de exigencias y si eres madre y trabajadora remunerada fuera de casa se vuelva prácticamente insostenible. Analizar el tema es por supuesto mucho más complicado de lo que pretendo aquí. Las empresas y la sociedad como un todo tienen que tener cambios profundos para aliviar aunque sea un poco el síndrome de “mala madre” y dar oportunidad a que las mujeres puedan participar económicamente en la sociedad sin perder la cordura en el intento.

En Womerang estamos en acción, tratando de buscar estos cambios y colaborando con nuestros aliados para encontrar soluciones creativas en el mercado laboral para reducir este estrés cotidiano que enfrentan las madres trabajadoras, y en general, todas las que tienen a su cargo el cuidado de alguien (padres, familiares con capacidades diferentes, etc).

Mientras tanto, mi mensaje para hoy 10 de mayo sería este: No seas tan exigente contigo misma, no eres mala madre porque simplemente para decir que algo está bien tendría que existir un ideal contra el cual comparar y eso en la maternidad no existe. Cada una hace lo que puede, con lo que tiene, damos todo y al final del día, cuando vayas a besar a tus hijos en sus cuartos, date una palmadita en el hombro porque lograste que ellos estén ahí durmiendo, tranquilos y seguros. La maternidad no es concurso, así que hoy día de las madres celebra y disfruta sin culpas, ya mañana volveremos a ser las “malas madres” de siempre.

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